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2.2.09

La escaramuza de los coros

Algunas apuestas televisivas llevan en su seno el germen del fracaso, la anticipación de su fallida recepción por el público, dada su errada concepción y su bizarra idiosincrasia. Eso es lo que ha sucedido con el -last but not least- último intento de reality de importación emitido por Cuatro, La batalla de los coros, concluido apresuradamente y retirado de la parrilla tras la celebración de una anticipada final, cuando cabe dudar de que el público, dada su escasa audiencia, supiera siquiera de su existencia.

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Híbrido de talent show, reality y concurso, la fórmula se basaba en la competencia entre coros musicales formados por aspirantes a artistas/cantantes/músicos reclutados en las calles de varias ciudades españolas, capitaneados y jaleados por cinco celebrities dispuestas a ofrecer su capital simbólico (fama y popularidad) en apoyo de sus patrocinados (dos ex-triunfitos como Manu Tenorio y Soraya; tres músicos de muy diversa índole: Marta Sánchez, Lolita y Mikel Erentxun).
Además de que su andamiaje conceptual basado en un tipo de música de ascendencia anglosajona y escasa raigambre y tradición en nuestro país (el godspel o la música coral soul, instrumentalizadas bizarramente aquí como soporte para el más sobado pop rock, en busca de la fácil recepción popular), hacía pensar en un sonado naufragio, tal y como su escaso predicamento entre el público se encargó de confirmar tras escasas emisiones, el confusionismo vocinglero y la indefinición han sido las constantes rémoras que le han conducido a un seguro descalabro.


Ante un público resabiado y versado en los mecanismos de la telerrealidad en boga, La batalla de los coros ni facilitaba la conexión/identificación con ninguno de sus personajes/concursantes ni se tomó el tiempo previo necesario para la familiarización del público potencial con sus criaturas (esos castings previos que anteceden a la emisión de todo reality con voluntad de éxito como Fama, OT o Factor X), orillando las individualidades en beneficio de unas identidades grupales indiferenciables, dentro de un confuso y altisonante guirigay que intentaba conducir sin éxito un desorientado Josep Lobató, que suma un nuevo fracaso que le acerca al liderazgo dentro del ranking de gafes catódicos patrios.
Así que, en lugar de grandiosa batalla, la propuesta se quedo en efímera y fallida escaramuza.

La multipantalla se desborda

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La bidimensionalidad de la pantalla catódica ya no resulta suficiente en esta época postelevisiva, se desborda y crece en relieve ante los ojos del espectador, saturándose de signos yustapuestos o solapados acumulativamente para ofrecer al receptor la mayor cantidad de información posible y conjurar el fantasma neobarroco del horror vacui, reproduciendo la omnipresente y polifragmentada pantalla online del PC, propia de esta era multitask: además de la consabida mosca que otorga anclaje identificatorio a la cadena-marca y la hora que certifica la simultaneidad de la acción con el espectador, entronizando el directo como tiempo televisivo por antonomasia (live), la pantalla se rellena e historia con pop-up publicitarios, reclamos anticipatorios de otros productos de la parrilla de la cadena (el estreno de una serie de ficción nacional, en este caso) o rótulos insertos que proliferan exponencialmente y se renuevan intermitente, reclamando la sin tregua la atención multiforme del espectador, remitiéndole a la web de la cadena (y a la socialización participativa o parrilla customizada a la carta a la que en ella puede acceder) o informándole de los números de teléfono o apócopes para SMS, necesaria herramienta para dar cauce a su participación interactiva con lo aconteciente en pantalla.
Paradójica y paralelamente, el sustrato principal de la imagen, es decir, el combate dialéctico referido a un tema de actualidad, sección del recauchutado Está pasando para las sobremesas de Tele 5, ve reducida, fracturada, sepultada y jibarizada su presencia icónica, desplazada su centralidad y menoscabada su visibilidad, obligado a batirse (casi) en retirada frente al soberbio imperialismo de la sobreinformación gráfica a que se ve sometida la pantalla.

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